Desarticulado en Nueva Montaña Un horno clandestino de tartas de la abuela

De madrugada, con la tensión del asalto en el rostro y el tufillo a tarta de chocolate recién hecha alegrando las pituitarias, la policía irrumpió ayer de golpe en el horno clandestino situado en una nave del polígono industrial de Nueva Montaña.

Tras recibir un chivatazo de un hostelero resentido, tres patrullas se personaron en la nave industrial, llevándose una sorpresa mayúscula. Allí, con un calor insoportable, entre infinidad de hornos y mesas llenas de azúcar, galletas o chocolate, un centenar de ancianas trabajaban a destajo mientras cantaban al unísono el Cocinero Cocinero de Antonio Molina.

Acababan de descubrir a las míticas autoras de las tartas que todo restaurante que se precie tiene en su carta de postres. Como pudieron comprobar los agentes, algunas de ellas llevaban desaparecidas más de diez años y fueron secuestradas tras cumplir los setenta y cinco, al ser catalogadas por sus captores en la categoría de viejas pellejas, aptas para el servicio con que las esclavizaban.

ABUELA DE LA TARTA

Los cinco delincuentes que las retenían fueron rápidamente reducidos por la policía, mientas que con las abuelas ocurrió algo insólito. Todas a una, armadas con rodillos de amasar, cargaron contra los agentes, mientras gritaban: ¡Sal! ¡Sal!

Pensando en que eran víctimas del síndrome de Estocolmo y que no querían irse de allí, intentaron calmarlas. Fue imposible. Hasta que un par de abuelas cogieron por la solapa al sargento Cañete y le espetaron: ¡Saaal coñoooo! ¡Queremos saaaaalll! ¡Danos anchoas de Santoña, rabas del Faro, queso de Tresvisooo!

Ante aquella complicada situación, los agentes tuvieron que retroceder, tirar de escudos y repeler el ataque lanzándoles paquetes de risketos decomisados horas antes en un puestecillo ilegal y que las ancianas comieron con gula.

Tras una revisión médica en Valdecilla, parece que todas las mujeres se encuentran en perfecto estado. Lo único destacable es su penetrante olor a tarta y el color naranja de sus labios dejados por los risketos.

El horno clandestino, que surtía bajo cuerda a todos los negocios de hostelería de Cantabria, ha generado una demanda bestial de tartas de la abuela que preocupa a las autoridades. En los supermercados se ha visto comprar cientos de paquetes de chocolate Santocildes y levadura Royal a muchos paisanos con mayores viviendo en casa…

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